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Cursilería

Tan sólo quería tener un lindo detalle con ella; romántico, significativo…

-¡Cursi! – Ginny no puede eludir las muy sonoras carcajadas que salen desde lo más profundo de ella. Su risa resuena fuertemente contra las paredes de la sala común, llamando la atención de los pocos alumnos que quedan en el lugar.

Y él se siente enrojecer en ese momento, con una rosa roja en la mano derecha, y un estúpido poema en la izquierda. El peluche que había tardado en elegir para comprarlo se tambalea en el regazo de Ginevra debido a la estruendosa risa de ella. ¡Vaya noviecita!

-Dean… lo siento, pero…

-Tan sólo hubieras dicho que no te gustó nada. No tienes porque burlarte.

La molestia se marca en sus ojos mientras deja a un lado de Ginny la rosa y el pequeño pergamino con el poema… ¿o es la letra de una canción? Ya ni recuerda. Mira a la pelirroja por unos míseros instantes, sólo para notar que las risotadas callaron por el cojín rojo que está presionando contra su cara. Enrojece aún más su piel morena y sale deprisa de la sala común.

-Dean…

Ignorarla es una gran idea. Sí, la ignorará.

-Dean…

Sigue caminando sin voltear atrás, decepcionado. Y es que esto le pasa por querer ser un novio algo más “detallista” Y por supuesto, para recibir un par de agradecimientos fervorosos por parte de ella.

Todas las chicas se derriten con las rosas, un peluchito de algún estúpido animal, y un poema o canción de cualquier filósofo o cantante de moda… pero al parecer Ginny no… es que ella es…

-¡Dean Thomas!

…una fiera cuando se enoja… así que mejor gira y la encara antes de que la furia Weasley emane de ella en una parranda de gritos por ser ignorada… cosa que odia.

-¡Odio que me ignores!

-Y yo odio que te rías de mí – Se puede sentir cierta decepción y dolor en la voz. Ginny suspira y se acerca a él, con una sonrisa.

-No me estaba riendo de ti.

-Tus risas eran muy evidentes. Creo que medio castillo te pudo escuchar a la perfección.

-Lo siento, pero es que… esa canción… – La joven no evita reír de nuevo.

Dean sabe; Ginevra Weasley no es una chica común y corriente. Es divertida, amistosa, bastante intensa cuando se siente inspirada, fuerte, algo intimidante…. A su edad de quince años, tener una imagen de súper modelo es lo que menos le importa. Ensuciarse en un juego de Quiddicth lo encuentra divertido. No se asquea ante bichitos pequeños y arrastrados, no… ella no es una chica común, es mucho mejor.

-Es que esa canción… demasiado…

-Cursi – Conoce la mayor parte de las características que ella posee, y ahora encuentra inconcebible el hecho de haber olvido que las cursilerías las encuentra tontas, por no decir otra cosa.

-Me encantó el peluche… – Se acerca a él, permitiendo a sus brazos posarse sobre sus hombros. Dean sonríe sin más, adorando aquella posición la cual le permite contar las pecas de Ginny sin equivocación. – La rosa es hermosa, pero… esa canción… – y de nuevo se ríe.

-Lo sé… – La abraza contra su cuerpo, ya con el enojo disipado… o quizá era la vergüenza. – Fue completamente estúpido el haber olvidado que odias ese tipo de cosas.

-No las odio del todo. Pero tanta meloseria me hostiga. – Se pone de puntitas para estar rostro contra rostro. – No es que no me agrade el romanticismo, pero…

-Creo que te entiendo – Sus ojos chocolates lo miran entre pícaros y divertidos. Su interior tiembla y sus vellos se erizan. Estar de esa forma con ella es algo que le provoca agradables oscilaciones en el corazón… y en otras partes de su cuerpo, siendo sincero.

Cuando besa la piel de su mejilla se siente en el cielo… y las cursilerías tipo “The Most Beautiful Girl in the World” Salen a flote desde dentro contra su voluntad. Porque no puede evitar decirle palabras bonitas y empalagosas a su oído mientras ella ahoga su candida risita contra su hombro.

Y es en esos instantes en los que él se da cuenta del gusto algo notorio que la pelirroja siente por sus melosas palabras que destilan miel. Porque puede sentir su piel estremecerse, su aliento al suspirar, y las tiernas caricias en su espalda al abrazar.

No le responde palabra con palabra… pero espera que, en algún punto de su relación, Ginny no tema mostrar algo de cursilería para con él. Es un deseo que pide y una esperanza que espera no sea rota… aunque de eso, no está completamente seguro.

El secreto de mi existencia

Lo supieron siempre, desde el primer día. Lo descubrieron cuando el niño le quitó la varita a James y no sucedió nada, ni siquiera soltaron chispas.
Había sido un choque profundo, no era decepcionante pero sí era doloroso. Era casi como si su hijo hubiera nacido sin un brazo, o con algún problema fisiológico mayor. No obstante, lo amaban igual, a pesar del dolor y de la impotencia de no poder hacer nada para que él pudiera tener una vida digna en aquel mundo.

Era tan sólo un bebé, pero Lily sabía que él intuía todo, y sabía también, por su corazón de madre, que el niño sentía frustración al no poder imitar lo que su padre hacía con tan sólo sacudir la varita.

Pero seguía siendo su hijo, único y adorado. La luz de sus vidas en esos tiempos de oscuridad reinante. Se habían prometido a sí mismos que no les importaría lo que opinara la sociedad de ellos; que el hijo de los Potter fuera squib no era un tema para avergonzarse, porque lo valioso era que seguía siendo su hijo en todas las formas.

La guerra estaba en su pleno apogeo, Voldemort se denominaba a sí mismo el astro rey, con la diferencia de que nunca iluminó como el sol. La oscuridad ya había cubierto cada rincón de Inglaterra desolando a su población por completo. El tener un hijo squib no era tema de alarma en esos momentos. Lily bendecía aquel milagro de vida que había alojado tanto tiempo en su interior, y que, con o sin magia, lo defendería hasta la muerte.

Los padres se juraron a sí mismos que tanto su hijo como los de muchos otros merecían vivir en un mundo libre de un imperio maligno. La guerra había comenzado hace mucho, y aunque ellos la llevaban librando hace años, el fin se vio emerger imponente en sus corazones cuando nació aquella hermosa criaturita de ojos verdes y cabello oscuro.

Sí, la oscuridad vio la luz al cabo de un año, pero a un alto costo. Defender la vida de su hijo para que tuviese futuro, no sólo lo dejó sin padres, sino que además, lo llevaron a vivir donde sus más horribles parientes vivos.
Al menos no corrió una suerte tan desventurada, ya que su falta de talento al menos le brindó una habitación y una escuela decente. Por supuesto, al crecer, él tampoco se enteró de nada. Nunca supo que había nacido en medio de una guerra que podría haberle costado la vida, y que no pertenecía a ese mundo tan sórdido y particularmente frívolo.

Sus tíos no eran una familia ejemplar, lo había notado desde el día en que puso a funcionar su conciencia y se dio cuenta de que su primo mantenía el control de la casa por medio de berrinches y gritos. Todo lo conseguía a base de amenazas sicológicas, “que voy a llorar; que me duele mi pancita; que muero de hambre; que al niño de la esquina lo quieren más que a mí porque le dan más helado, que quiero, quiero y quiero.”

Por suerte él pasó por alto ese tipo de cosas y aprendió a escabullirse en el interior de los libros de aquella odiosa escuela militar para varones dónde lo habían matriculado a los diez años. Nunca comprendió bien las matemáticas, el español, y la ciencia. Sabía que algo le sonaba reconocible, pero no le encontraba sentido a la geometría ni a los cálculos ni a la algebra. Por más que lo intentaba, su cabeza se esmeraba por hacerle entender algo que no era. Como la absurda idea de convertir algo tangible en algo líquido. Más allá de hacerlo con el hielo, (como lo habían hecho en ciencias) el sabía que el secreto de la transformación iba mucho más allá de aquel escuálido cubito congelado. Su cabeza dibujaba formas y fórmulas que no tenían relación alguna, pero que para él sonaban mucho más certeras y reales que cualquier método científico. Para él, la verdadera ciencia se encontraba en transformar un metal cualquiera en oro, o mejor, una inerte copa de vidrio, en una hermosa paloma blanca.

Ya quisiera verlos hacer eso.”

Cuando no estaba estudiando y su primo no se encontraba en casa, aprovechaba la ocasión de ver televisión. Le encantaban los espectáculos de magia, y se asombraba con cada truco. Para él, la verdadera ciencia se encontraba en el arte de aquel hombre que movía las manos con una rapidez tan excepcional que el público se ponía de pie para aplaudirlo. Se comía cada programa con los ojos, y para cada truco nuevo que el mago realizaba, él ya había descubierto la trampa.

Con el pasar de los años ya se sabía un par de trucos con los que impresionaba a sus compañeros de escuela. No lo dejaban ensayar nada “mágico” en la casa, y se impresionaba aún más de la frigidez de sus parientes.

También aprendió a darse cuenta de que aquel arte tenía un poco de ciencia, pero seguía siendo pobre y aburrido. Intentaba encontrarle la explicación a lo que su cabeza tramaba, a lo que luchaba por intentar sacar a la luz con sus pensamientos. Pero él se negaba rotundamente a creer sus propias ideas. No había ciencia alguna que probara que mediante la voz se pudiese concretar algo material en el aire. Pero su cabeza seguía insistiéndole absurdamente que sí.

Cuando cumplió diecisiete años sus tíos le dieron permiso, asombrosamente, para sacar licencia de conducir. Matricularse en alguna universidad significaba un costo extra y por supuesto ellos no querían pagar ni la mitad de lo que habían gastado ya con su educación escolar. Ahora tenía que costeárselo él, y si tenía suerte con la beca para estudiar ciencias, seguramente necesitaría un auto para poder viajar a Oxford.

A pesar de los años, su cabeza seguía atormentándolo con la absurda idea de que había algo más, la vida no podía ser tan aburrida, sosa, y sin emoción.
Le costó decidirse por alguna carrera en particular, y si bien no había nada que llamara su atención, la ciencia era lo más cercano a lo que lo atormentaba. Si con ello podía encontrar alguna respuesta a sus dudas, entonces habría tomado el camino correcto.

Es que tiene que haber algo más, la vida no puede ser sólo esto.”

Por suerte la vida le sonrío notoriamente. A los dieciocho años consiguió la beca, una buena carta de recomendación de su escuela, un pequeño Volkswagen del 90, y no estaba demás decirlo, la asombrosa y entusiasta despedida de sus tíos que ya no lo verían nunca más.

Cuando emprendió camino, con una pequeña maleta a cuestas, un poco de ropa usada por su primo, y un pase para su nueva vida escondido en la guantera del auto, se topó con un percance. Recorriendo la carretera hacia Ottery Saint Catchpole el auto dio una sacudida y él tuvo que usar toda su maniobra para no chocar contra un árbol. La buena suerte lo había llevado por un camino de desgracias que no esperaba, ya que, al no tener el vehículo un airbag, como los modernos, éste se había golpeado la cabeza contra el vidrio del piloto y sangraba por la sien.

Abrió los ojos y vio, con dolor, como sus pequeños ahorros se consumían en una poluta de humo que salía del parachoques estrellado. Adolorido, intentó abrir la puerta, pero un crujido en su hombro y cuello se lo impidió. El choque había sido en grandes magnitudes, pero el volcamiento fue tan rápido que ni siquiera se dio cuenta de que había arrastrado el árbol junto con él colina abajo.

Con los ojos cerrados y el cuerpo magullado, intentó pedir auxilio a través del vidrio roto, pero sólo se podía escuchar el silbar del viento a través de los árboles.

Tengo que salir de aquí”

Intentó con el brazo derecho abrir la puerta del piloto, pero estaba trabada, y la fuerza aplicada no ayudaba a menguar el dolor.

Se quedó tranquilo un instante pensando que en algún momento alguien vería el humo del auto desde arriba, y así se quedó, con un dolor palpitante en la sien, un brazo dislocado y la horrible sensación de que en cualquier momento dejaría de tener control sobre su cuerpo.

Es ahora cuando la ciencia debería actuar. Debería existir una fórmula que pudiese cerrar mis heridas… con sólo pedirlo. Eso… eso voy a intentar averiguar…. Cuando…. Llegue…a….Ox….”

* * *

Escuchó una voz a su alrededor. Una luz fluorescente y encandilarte le molestaba en los ojos y se vio obligado a ceñirlos aún más.

-¿Puedes oírme?

La voz se escuchaba lejana, pero ya no sentía dolor. Se llevó ambas manos por acto reflejo a los ojos y se dio cuenta de que ya no le dolía el brazo y tampoco la cabeza.

¿Estoy muerto? ¿De quien es esa voz?”

Sin abrir los ojos escuchó que la voz pronunciaba unas palabras que él asumió como un idioma desconocido y súbitamente la luz que lo molestaba se apagó. Luego, se escuchó un sonido metálico y un quejido.

-¿Puedes oírme?-Repitió la voz.

No puedo estar muerto. La oigo de cerca. ¿La oigo? ¿Es una chica?”

Lentamente sacó las manos de su cara y se dio cuenta de que la luz incandescente ya no lo molestaba. Con cuidado abrió los ojos, sospechando que debía acostumbrarse a la luz, pero lo que vio fue sólo oscuridad.

-¿Dónde estoy?-preguntó asustado, y luego se alarmó.- ¡Mi beca! ¡Mi beca está en la guantera del auto! ¿No se quemó, no le pasó nada?

-¿Tu qué?

-¡Un sobre que había en la guantera del auto!

-Está todo en perfecto estado.-dijo ella dulcemente. Cuando sus pupilas se dilataron, comprendió que la única luz que provenía de afuera era la de la luna, que estaba desmayado sobre el césped en medio de un sendero, y que su auto estaba en perfectas condiciones, a excepción de algunos rasguños en el parachoques.

-Pero, si yo…

-Tuviste un pequeño accidente y te desmayaste. Te saqué de tu…vehículo, y te dejé aquí porque parecías inconciente.

-Pero si yo tenía el brazo quebrado y mi cabeza estaba sangrando.-Intentó juntar las ideas. En su cabeza se dibujaba la imagen del accidente de una forma clara y concisa, pero no lograba hacerlas coincidir con lo que estaba pasando.- Mi camisa debería estar manchada… ¿Qué demonios?

-¿Sangrar?-la voz de ella sonó nerviosa.-Sólo te golpeaste la cabeza contra el vidrio, pero no sucedió nada.

Él se palpó la cabeza en la parte herida y sólo sintió un huevo que le dolió bastante.

-Tienes un par de chichones.-siguió hablando.-Creí que te había ocurrido algo peor.

-Es que sí me había ocurrido algo peor, mi auto estaba a punto de incendiarse.-atropelló las palabras intentando buscarle significado a lo que le estaba ocurriendo, pero no podía encajar el puzzle.- ¿Dónde estoy?

-En Ottery Saint Catchpole-contestó ella- Bueno, ahora que estás mejor, deberías seguir tu camino.

Ella hizo ademán de levantarse del suelo pero él la agarró por la mano. La chica se volteó sorprendida y él abrió la boca levemente al darse cuenta de cómo la luz de la luna finalmente la alumbraba de frente. El cabello era rojo, no un rojo furioso, era un rojo anaranjado, largo y liso. Su piel brillaba fantasmalmente, y sólo resaltaban de las facciones sus ojos asombrosamente castaños.

-¿Piensas dejarme aquí?-le preguntó incrédulo para salir de su asombro.- ¡Ni siquiera sé como te llamas! ¡Acabo de despertar de una horrible pesadilla y me dices que no ha sucedido nada! ¡Quiero explicaciones!

Ella abrió la boca asustada y se dio cuenta de que intentaba retroceder. Su mano derecha estaba metida en el bolsillo de su pantalón, como si de él fuese a sacar algo para defenderse. Entonces, asustado, la soltó, y ella relajó la mirada.

¿No tendrá un arma verdad? ¿No será una de esas sicópatas que salen en la CNN?, ¿bonita, gentil, heroína? Siempre usan esos trucos para robar a los hombres”

-Gracias…-dijo aturdido con una extraña sensación de pánico en el estomago. Era mejor salir de ahí lo antes posible.

Se levantó con dificultad y se limpió los pantalones con las manos intentando parecer sereno. La miró de reojo, ella aún mantenía la mano derecha en el bolsillo de su pantalón.

-Gracias, por ayudarme…-Dijo con torpeza sintiendo los temblores en su voz. Sin darle la espalda se encaminó hacia el auto y abrió la puerta del piloto que no le dio problemas de trabaduras.

Demasiado extraño.”

-Me llamo Ginevra.-Dijo ella finalmente, y él vio que la chica sacaba la mano del bolsillo y sonreía avergonzada.

Con un pie fuera del auto y otro dentro, sopesó las consecuencias si se quedaba o se iba. Tenía muchas cosas en qué pensar y la verdad era que esa chica era sumamente sospechosa.

-Gracias Ginevra.-Le dijo él atentamente, y le pareció que ella se sonrojaba.

-¿A dónde ibas con tanta prisa? Digo, para que te hayas volca… estrellado.-él no pasó por alto aquel error. Ahora ella era la que parecía nerviosa, y él comprendió finalmente que algo no cuadraba del todo. Observó su vehículo, todo estaba en orden, incluso los papeles al interior de la guantera. Era imposible. Si su cerebro no mentía, y no estaba lo suficientemente loco, él sí se había volcado y terminado con graves heridas. Pero en cambio, ahora se encontraba ahí, frente a una desconocía que decía llamarse Ginevra, y sin ningún rastro de que hubiese ocurrido un accidente letal.

-Creo que no me estás diciendo toda la verdad, Ginevra.-dijo saliendo del auto y cerrando la puerta. Fuera lo que fuera lo que la chica tenía en el bolsillo, no podía ser ningún cuchillo, o ninguna pistola, porque la única sombra que se notaba era algo similar a un lápiz.

¿En qué estaba pensando esta chica?”

-¿Verdad?-titubeó ella, y nuevamente se llevó la mano al bolsillo.-Te he dicho todo lo que ocurrió, no he inventado nada.

-¿Segura?

Él se acercó lo suficiente para verla de frente. Gracias a la luna ahora podía observarla con más atención. Su nariz y mejillas estaban surcadas de diminutas pecas, y su ropa, a diferencia de la de él, parecía ser costosa.

-¿Me conoces?-le preguntó súbitamente, lo cual le pareció absurdo. Él era tan desconocido en su familia como lo era en la sociedad, esa chica no podía saber nada de él. Aunque tal vez andaba tras su beca.

-¿De ti? Pero si ni siquiera sé como te llamas. Además, eres muy descortés. Te acabo de salvar la vida y tú…

-¡Lo admites!-gritó comprobando finalmente su absurda sospecha. No obstante, una curiosidad plagada de terror invadió su mente cuando sopesó la idea. Sí, había ocurrido el accidente, pero entonces, ¿cómo hizo esa muchacha para salvarle la vida?

Ella había retrocedido y lo miraba con la boca abierta, parecía agitada y él notó que quería salir corriendo. Los papeles se habían volteado y él no se iría sin una respuesta clara.

-¿De qué hablas? ¡Admito que te vi desmayado!

-No. –Se acercó él.- Acabas de admitir que me salvaste la vida.

Ella se sonrojó e inspiró aire profundamente. Lo que vino después no alcanzó a procesarlo, porque repentinamente su cara se vio cubierta de algo viscoso. Cayó al suelo tambaleándose asqueado. No comprendía qué había ocurrido. Lo último que vio antes de aquel ataque fue a ella sacando el lápiz del bolsillo (el cual parecía venir con una linterna) y luego de eso, todo se oscureció cuando se pegó esa cosa fétida a su cara.

-¡Pero qué…! ¿Qué me has hecho? ¿Qué rayos es esto?

Escuchó pisadas que se alejaban y comenzó a gritar. Eso, fuese lo que fuese, le escocía los ojos por debajo de los lentes.

-¡Espera! ¡Vuelve! ¡Auxilio! ¡Me quema!

Tal como había sucedido con el accidente del auto, aquello parecía ser parte de una horrible pesadilla. Todo lo vivido con los Dursleys era un cuento de hadas comparado con la desgracia que había vivido las últimas horas.

Intentó quitarse la sustancia con las manos, pero sus dedos se inflamaron al tacto. Volvió a gritar con dolor, ya no sabía si los ruidos que escuchaba eran del exterior o de su propio interior, porque perfectamente podía estar quemándose por dentro.

Ella me hizo algo con ese lápiz. Pero, ¿qué hizo? ¿Qué es esa chica?”

Vencido por el dolor creyó entrar en la locura cuando su cabeza lo obligó a pensar en cosas que tenía censuradas hace mucho. O que bien, planeaba abrir en Oxford después de un par de años.

La simple idea de que la muchacha hubiese hecho aparecer eso de manera inmaterial era una idea insensata e imposible. Pero si no era eso, entonces, ¿qué?

-¿Prometes que te irás si te quito los mocos?-Le preguntó con la voz amenazante, pero más allá de sonar con maldad, sonaba como si una madre regañara a su hijo.

-¿Qué quieres de mí? ¡Oh, rayos! ¡Me quema! ¡Quítamelo, quítamelo!

Ella pareció vacilar, o al menos eso alcanzó a comprender por la distancia que mantenía con él.

-Por favor…-Le suplicó al borde del colapso.

Ella resopló y súbitamente pronunció algo que él reconoció por sus vagas clases en latín.

Finito Incantato”

Repentinamente el dolor se desvaneció y sintió con alivio como el aire le impregnaba los pulmones con la fresca brisa otoñal.

Pero de inmediato volvió a la realidad cuando descubrió lo que había sucedido. Se puso de pie y se dio cuenta que la chica lo apuntaba con un palito de madera, y que al parecer debía temerle.

Levantó las manos y se alejó asustado mientras ella avanzaba hasta él sin dejarlo de apuntar. El palito como tal, irradiaba un brillo opalino que centellaba en la mano de la chica. Y curiosamente, más que sumergirse en el pánico, algo pareció despertar en su interior. ¿Por qué aquello le parecía tan… normal?

Estoy desvariando. Probablemente estoy muerto y estoy en un limbo o algo así. Encerrado con esta loca.”

-No me dejaste alternativa.-Susurró ella, y su voz sonó asustada.-Esto no debería haberlo hecho, ahora, tendré que hacerte olvidar.

-¿De qué rayos estás hablando? ¡Baja esa cosa! –No sabía por qué lo pedía, pero ciertamente ese palito parecía traer más problemas que un arma común.

-¡No! ¿Quién rayos eres? ¿Por qué te estrellaste en esta zona? ¡Tú no deberías estar aquí!

La chica atropellaba las palabras, y él comprendió que ella también se debatía un dilema. Para ella, algo en todo esto tampoco cuadraba.

-Te lo digo si bajas esa cosa.-Le pidió con la voz súbitamente aguda. Ella bajó su mano con cuidado, pero no soltó el palito.

-Iba hacia Londres al centro para inscribirme en la Universidad de Oxford.- Ni siquiera sabía porque le contaba todo eso. Sus palabras salían a borbotones, sentía que era la única forma de liberarse de aquella circunstancia.

-Es que no deberías estar aquí…-Volvió a susurrar ella.- ¿Cómo te llamas?-Le ordenó levantando el palito.

-Harry.-Contestó con las manos en alto mientras retrocedía. Ella avanzó al mismo tiempo y el pánico volvió a envolverlo.

-¿Harry qué?

El tragó saliva cuando sintió el palito a palmos de su nariz. Las pecas de ella relucieron bajo la luz de aquella cosa que sólo recordaba haber visto en sus fantasías de niño, cuando un mago de la televisión hacia que el palito se quebrara en dos cada vez que un niño la tomaba entre sus manos.

-¡Potter!-gritó aterrado. La chica sorpresivamente exhaló un gritito ahogado y se alejó con el palito bajando la guardia. El cerró los ojos esperando el ataque, sin saber en realidad qué podía seguir sucediéndole si ella activaba esa cosa.

-¿Qué has dicho?-susurró con lentitud.- No puede ser… ¿qué probabilidades hay?… ¿Cuántos hay? Existen muchos, no puede ser.

Ginevra parecía inmersa en un debate personal, miraba al suelo y al cielo como si quisiera ahí encontrar una explicación. Entonces, sus ojos castaños nuevamente se posaron en él.

-¿De dónde vienes?

-De… -ella volvió a levantar el palito.- ¡Surrey!

No sabía por qué le temía tanto a esa cosa, pero no dejaba de suponer que realmente no tenía ninguna relación con sus fórmulas científicas.

-¿Qué… hay ahí?

Él se sorprendió por la pregunta, pero una nueva amenaza del palito lo hizo hablar.

-¡Casas, casas! ¡Dios!

-¿Dios? –Ella lo miró impresionada, parecía que hubiera dicho un sacrilegio.- ¿Sigues a un Dios?

Ésta se volvió loca”

-Pues, no sé, supongo.-ella lo miró especulativamente, sin mover el palito.- ¡No sé! ¿Qué quieres que te conteste?

-¿Quiénes son tus padres?-preguntó entonces cambiando la pregunta abruptamente, esta vez, la mirada de Harry se apagó.

-¿Es necesario?-le acercó el palito. Él tragó saliva.- No sé, no los conocí. Murieron cuando era un bebé. ¡Rayos! ¿Es todo esto necesario?

-¿Murieron cuando eras un bebé?-dijo ella balbuceando, el palito tembló y él intuyó que algo pasaba por la cabeza de la chica. Estaba seguro que si hubiera sido cualquier otro lo habría dejado ir.- ¿Sabes lo que es esto?-le preguntó mostrándole el palito. Él abrió la boca y luego la cerró, confuso.

-Sinceramente… no tengo idea, pero ya me está entrando pánico.

Ella río y él sintió que en su estomago se revolvía algo.

-¿Sabes por qué murieron tus padres?-él negó con una extraña sensación de vacío.- ¿Ninguna idea?

-¿Por qué quieres saberlo?

-¡Es lo único que explicaría tu aparición por aquí!-dijo ella señalando el sendero. Para él no era más que un camino rural repleto de árboles, pero para ella parecía ser más que un simple tramo de tierra.

-¿De qué rayos estás hablando?- él se acercó y ella volvió a levantar el palito.

-Está bien, está bien.-dijo levantando las manos.- pero no me acerques esa cosa.

-Tengo que asegurarme…-Susurró, y él no comprendió sus palabras.

-Mira, fue muy lindo conocerte, pero ahora si me permites, yo…

-¡No! No te vas a marchar hasta que sepa todo de ti.

-¿Qué te volviste loca?-Ella levantó aún más el palito, pero esta vez él no retrocedió.- No te conozco, ni tu a mí. Sólo quiero irme a Londres, por favor.

Ella al parecer sintió compasión por sus palabras, aunque sus ojos se dirigieron irremediablemente hacia su auto.

-No me voy a escapar.-repuso él. Ella bajó el palito y suspiró.

-Tienes razón, somos dos completos extraños. Aunque eso sigue sin explicar tu comportamiento ante esto-señaló la varita- y el que estés aquí.

-Es que no sé a que te refieres con “aquí”-confesó él. Aún manejaba la idea de estar soñando, porque sus heridas no podían haber desaparecido de la nada.

-¿No tienes idea de dónde estás? ¿No sabes que es “esto”? ¿Y te dices llamar Harry Potter?-Exclamó ella confundida, y lo único que consiguió fue confundirlo a él también.

-¿Y qué más esperabas?

Ella lo miró y por un segundo se contempló en sus ojos verdes. Él sintió nuevamente ese cosquilleo en el estomago, sus dos ojos castaños lo penetraban como un rayo láser.

-No entiendo nada…-susurró él.- ¿Estoy muerto? ¿Qué es este lugar? ¿Por qué me interrogas? ¿Por qué le tengo pánico a ese palito? ¿Y por qué no tengo heridas? ¡No me digas que me encontraste desmayado! ¡No me lo trago!

Ella pareció discernirlo por un momento. Lo contempló seriamente y entonces él notó que se sonrojaba y sorprendía.

-Sabía que me parecías conocido, pero no sabía de donde. Te salvé del accidente porque tu cara me resultó increíblemente familiar.-confesó ella, y Harry sintió que algo dentro de él se tragaba ese cuento.

-¿Qué te parecí conocido?-Preguntó, aunque había una pregunta aún más difícil de contestar.- ¿Cómo diablos me salvaste del accidente?

Ella le mostró el palito.

-Sólo hay una forma de saber si eres quien estoy pensando, de lo contrario me veré obligada a borrarte la memoria.

-¿A borrar…?-Palideció.

Sí, definitivamente estoy tratando con una loca”

Aunque ciertamente le pareció una locura, su cerebro le seguía jugando una mala pasada con sus ridículas teorías científicas. Ese lado que le recordaba la teoría del cubo de hielo.

No puede haber algo que cause una transformación… pero no tengo heridas, el auto está intacto… me lanzó algo a la cara que deshizo con un…. ¿finalizar encantamiento?”

Su mente tradujo literalmente las palabras en latín que la chica había murmurado cuando le lanzó la sustancia mucosa.

-¿Qué eres?-Le preguntó finalmente. Pero ella fue más rápida.

-¿Qué eres tú?

Él se sorprendió.

-Soy una persona común y corriente en un mundo increíblemente aburrido, y en estos momentos, descabellado. –confesó.

-¿Crees que esto es descabellado?-Ella agitó el palito y de la nada hizo aparecer unas flores. Harry dio un saltó pero no se impresionó.

¿Por qué no me impresiona?”

Algo muy adentro de él le decía que eso no era tan descabellado, que era posible.

¿Pero cómo?”

-Me dijiste tu nombre, y tu físico no hace más que recordarme el cuadro que tengo en casa.-Le dijo ella, Harry parpadeó confundido.- te salvé porque eres increíblemente igual a él, y tus ojos… bueno, el brillo cobra vida en la pintura, tal como los tuyos.

Harry no pensó. Simplemente se aterró con aquellas palabras. Poco a poco se fue acercando a su vehículo, hasta llegar a la puerta. Ella lo siguió con la mirada y se le acerco lentamente.

-No te vayas.-Le pidió. Fue tan dulce que un leve remordimiento lo hizo devolverse.

-Déjame ir, no sé quien eres, y ya estoy empezando a creer cosas que…

-¿Qué cosas?

El rió.

-Esto es un absurdo sueño, una locura. Me tengo que despertar.-Cerró los ojos.- tengo que verme dentro del auto, con la cara bañada en sangre.

Aunque la idea le dio asco, ella rió. Y sin esperárselo le tomó la cara entre sus manos. El vértigo de su estomago se convirtió en una azorada batalla campal, y tuvo que tragar saliva cuando sintió que sus jugos gástricos le jugarían una mala pasada.

-Son los mismos ojos, no puedo estar tan equivocada. Soy muy buena fisonomista.

-Me estás confundiendo con alguien.-Susurró él, nervioso ante el contacto.- Me voy.

-¡No! Harry, espera.

Su nombre en la voz de ella llamándolo le sonó particularmente familiar. El calor subió hasta su pecho y dejó que ella lo siguiera observando.

-¿Sabes quienes pueden llegar hasta aquí?

Él negó con la cabeza. Ya no entendía nada.

-Sólo pueden llegar aquí quienes tengan un pasado como el mío. Nadie más puede hacerlo, está en la sangre.

Nuevamente su cerebro empezó a hacer conjeturas, un lado le decía que la ciencia no permitiría que un hombre pudiera llegar a un solo lugar guiado por su sangre o por algún tipo de rastro en su memoria emotiva. No obstante, el otro lado de su cerebro le decía que no era descabellado, que podía ser posible, y por alguna razón, él lo entendía y lo encontraba cuerdo.

-¿Qué eres?-Volvió a preguntar él. No estaba asustado, ahora, la curiosidad lo picaba como un fuerte aguijón en su cabeza.

-Sólo los que son como yo podemos tener esto.-Dijo ella señalando el palito.-Y sólo hay un tipo que es como nosotros que no puede poseerla.

Harry lanzó una risita.

-Puedo conseguir uno si me dejas recoger esa ramita del suelo.

-¡No te burles!-Lo chistó ella empujándolo contra la puerta del auto.

-¡Está bien, lo siento! ¡Auch!

-¿No tienes idea de quién eres, cierto?

Su cabeza contestó “no”, pero su boca quería gritar imperiosamente “sí”. No sabía qué contestar, la verdad es que ni el mismo se conocía.

Tantos años buscando respuestas en la lógica ahora sólo lo llevaban a realizar conjeturas que no tenían solución en ningún lado.

-Me encantaría poder contestar eso.-Dijo él de forma sincera. Ella sonrió con tranquilidad y suspiró.

-Mi familia vive en este lugar, tenemos una gran casa al otro lado del río. –Explicó.-Nuestra descendencia es antigua, aunque no se nos permite tener contacto con la gente de afuera para no correr peligro. A mí en lo personal no me importa relacionarme con algún mug… chico de afuera. Normalmente pido permiso para venir a vigilar, a ver si alguien viene a visitarnos, o, se pierde en el camino…

Él no comprendió ninguna palabra. Ella preguntó:

-¿Recuerdas algo ahora?

Él negó con la cabeza, ella suspiró.

Ya no tenía ganas de irse de ahí, quería quedarse y saber qué había ocurrido. Su cerebro científico esta vez había perdido la batalla. Ahora estaba seguro que las respuestas no se encontraban en la lógica, sino, que en seguir la corriente.

-Hace muchos años hubo una guerra, muchos murieron.-Continuó- Mi familia no corrió esa suerte, pero otras… -Suspiró y fijó sus ojos en él.- Mis padres tenían unos amigos que hace poco habían tenido un bebé, yo para ese entonces aún no había nacido. Mamá me contó que ellos fueron muy valientes. Querían darle a su hijo una vida digna, y decidieron luchar, pero les faltó dejarle una pista. Algo que lo trajera de vuelta a sus raíces. Cuando mamá fue a pedir la custodia del niño, éste ya había sido entregado y no sabía el paradero. ¿Y sabes? Hasta el día de hoy ella lo sigue buscando. Dice que cuando era aún un bebé, el parecido con su padre era impresionante, y sus ojos, eran el espejo de su madre. Así que cree que el niño, ahora probablemente un adulto, sea igual al padre.

Él no contestó. Su garganta estaba seca, y aquello era producto de la boca abierta. Algo dentro de él sonaba real, quería salir a la luz.

Recordó un brillo misterioso y la frustración. Recordó al mago en la televisión, y su rabia al no poder hacer del truco algo realmente espectacular. Porque sabía, muy dentro de él, que eso se podía hacer.

Quería estudiar ciencias para encontrar la formula para poder lograrlo, quería conseguir aquello que siempre había intentado hacer, pero que sus manos no le permitían.

-Yo…

-Toma.-Ella le ofreció el palito. Él la miró dudosamente antes de recibir algo que para ella se veía valioso y que sin embargo denotaba fragilidad.

Con cuidado lo tomó, pero como muchas veces lo había sentido, ese sentimiento de rabia volvió a apoderarse de él. Jamás supo de donde nacía aquella frustración, de dónde nacía aquella necesidad por demostrar que era diferente.

-No puedo…-susurró.- No me hace caso…

Ella suspiró con tristeza y lo miró a los ojos. Le quitó el palito de las manos y le corrió un mechón de cabello que le caía a un lado de la frente.

El cosquilleo le hizo hervir el estomago, pero era agradable. Quería mantenerlo así.

-No eres como nosotros.-Dijo ella, y la frustración la vio venir como un gigantesco balde agua. No. No era como ella, pero acaso ¿quería serlo?

-Te lo dije, soy muy normal.-Dijo intentando mantener la voz controlada. Ya no necesitaba pruebas, sólo quería creer que aquello era cierto.

Que se pudra la ciencia”

-Claro que lo eres, así como yo también lo soy. Sólo que yo nací destinada a ella.-Señaló el palito.-y tú, probablemente estés destinado a otra… cosa.

Sus miradas chocaron y el cosquilleó le hizo arder la cara. Sí, tal vez no era como ella, pero pertenecía al mismo mundo que a ella. Y si no estaba destinado a usar una de esas cosas, entonces, tal vez…

-Me encantaría conocer a tu familia Ginevra.-Susurró él, y ella pareció sonreír.- Así me podrían contar un poco más sobre… mis padres.

-Dime Ginny.-Le dijo, y él sonrió ampliamente.- Sabía que eras tú, eres irremediablemente igual al hombre que adorna el salón de mi casa. Además, no saliste arrancando cuando te lancé el maleficio.

-¿Male… qué?-preguntó estupefacto.

-Ya aprenderás. Tendré que ponerte al día.

Él asintió obedientemente, y ella señaló su auto.

-Podemos ir en él si quieres. Hace frío para andar en escoba.

-¿Qué cosa?

Ella volvió a sonreír y con el palito atrajo a una vieja escoba que estaba oculta tras un árbol.

-Tal vez algún día te montes en una. Que no puedas hacer magia, no significa que no puedas volar.-Y la colocó en el asiento trasero mientras ella abría la puerta del copiloto.-Yo te guío, no es lejos de aquí.

Sí, no tenía más explicación. La ciencia no tenía las respuestas que buscaba.

Las respuestas estaban en dirección a ese sendero, con la chica que estaba a su lado y que conoció en la noche más loca de su vida.

* * *

Se detuvo a mirar el cuadro con aire ensoñador. Definitivamente era igual a su padre. Agradeció que tuvieran la pintura colgada en aquella pared de casi dos metros de alto, porque era la única forma de que ella lo hubiera podido reconocer.

Bostezó cansado, y una mano se aferró sorpresivamente a su cintura, asustándolo.

-¿De nuevo te quedaste hasta tarde?

-Tenía que terminarlo.-Contestó bostezando.

-¿Y?

El sonrió.

-Mañana tu madre tendrá un nuevo tónico para que las rosas no se le mueran con la nieve.

-¡Eres brillante!-Le dio un sonoro beso en la mejilla y él se sonrojó.

Habían pasado algunos años después del encuentro. El regreso a su mundo le cambió la perspectiva de la vida. Después de entender quien y qué era realmente, comprendió por fin que no era ciencia lo que necesitaba, si no, que un caldero y un par de menjunjes para hacer todo lo que siempre soñó.

-¿Adivina qué?

Ella lo miró. De su bolsillo extrajo una diminuta sortija, a Ginny se le abrió la boca de par en par.

-Logré la transformación alquímica. Convertí el viejo anillo de tu madre.

Los ojos de la chica se transformaron en dos grandes esferas, sin poder creer lo que sus ojos veían. Sí, al fin él había conseguido la transformación que jamás habría visto en una clase de ciencias: transformar la plata en oro con sólo un par de mezclas mágicas.

Le colocó el anillo en el dedo ante la mirada anonadada de la chica y luego se colocó frente a ella.

-¿Y sabes qué otra transformación descubrí?-La cortejó. Ella sonrió complacida.

No necesitó palabras para demostrarlo, sólo acciones. Porque a los pocos segundos ambos se habían perdido escaleras arriba.

Tal vez no era mago, pero vaya que era buen alquimista.

Las etapas de la aceptación.

Uno: negación.

Simplemente era imposible. Vale, a esta altura de la vida puedo esperar cualquier cosa que me pase, incluso no me sorprendería enterarme mañana que mis padres están vivos. Pero hay límites en cada extremo, cada cosa tiene un principio y un fin, no hay un más allá. Ya sé que me estoy pareciendo a Hermione hablando de aquello y lo otro. Pero lo que me está pasando no tiene ni pies ni cabeza.

Acepto que no hay un maldito lazo de sangre que nos une, acepto que simplemente es la hermana de Ron, la hermana de Fred y George, la hermana de Percy, la de Charlie y la de Bill, sé que es hija de Arthur y Molly Weasley y que yo soy simplemente Harry Potter.

He de aquí el problema.

Yo soy Harry Potter, hijo de James y Lily Potter, fallecidos ¿hace cuanto? ¿Quince años? Ya en este momento ni lo recuerdo. No soy un Weasley, no tengo el cabello pelirrojo ni los ojos celestes o chocolate. Mi cabello es oscuro como la misma noche, mis ojos son verdes como el césped, bueno tal vez no tan extremo (ya he dicho que los extremos no son buenos) pero son verdes, de un verde lindo (para qué negarlo) Tal vez un verde parecido al de un pantano ¿por qué no? Como el verde del lago de Hogwarts, algo así. También tengo una cicatriz, un lindo regalo del hombre (si es que se lo puede llamar hombre) que mató a mis padres y que por un pelín no me mata a mí.

Entonces ustedes se preguntarán ¿cuál es el problema?

Son muchos los problemas.

Primero, reconozco que nos criamos juntos. Cuando mis padres fueron asesinados, Arthur y Molly se hicieron cargo de mi, de mi crianza y crecimiento. Son mis padres, no lo tengo que negar, y todos los hermanos Weasley, también mis hermanos.

Segundo, he cumplido dieciséis años hace poco, y ella ha cumplido quince, como pasan los años ¿no?

Tercero, estoy acostumbrado a verla con poca ropa, al fin y al cabo cuando éramos pequeños Molly nos solía bañar a Ron y a mi con ella, hasta dormíamos en la misma cama.

Cuarto, creció mucho, y no solo en altura. No se supone que tenía que desarrollarse de semejante manera, con ese trasero voluptuoso, y esos pechos en pico tentándome a tocarlos; esa cintura afinada como de avispa y ese cabello cobrizo que al sol parece puro fuego.

¡Maldición!

Con ella no, es mi maldita hermana. No me puede gustar Ginny Weasley.

Dos: aislamiento.

Bueno, heme aquí. Ya aquello superaba mi control. A ver… ¿ustedes que harían?

He aquí la cuestión, viene Ron, por supuesto junto a Hermione, mi muy querida mejor amiga, de su mano. Son novios ¿se los había dicho? Okay, no tiene nada que ver, lo comprendo.

Vuelvo a comenzar, viene Ron proponiéndome un partido de Quidditch. Como buscador de Gryffindor que soy no podía negarme. Hago equipo con Hermione y Fred, mientras Ron se junta con George y Ginny, esa pequeña pelirroja también es buscadora, y una muy buena si se me permite decir.

Sin embargo uno no prevé ciertas cosas, y lo que sucedió es una de esas.

Simplemente deberían considerarlo ilegal, una blasfemia, ¡un pecado!

No es posible que algo tan pequeño ocupe tan poco de aquel bonito cuerpo. Ya sé que el color azul siempre le quedó bien, si es uno de sus favoritos. Pero ya esto es demasiado. Puedo soportar que use esos vaqueros desgastados que le quedan al menos uno o dos talles más grandes, e incluso me agrada como le queda esa falda por las rodillas del mismo color.

Pero hay cosas que me superan, y esta es una de ellas.

No entiendo como Molly no le dice nada, ¡si hasta Hermione usa uno así! Pero a ella no le queda tan sexy como a mi Ginny… Un momento, ¿he dicho “Ginny” y “sexy” en una misma oración? ¿He dicho que es mía?

Que Merlín se apiade de mí.

Ese short debe ser prohibido, pegándose a su cuerpo como si fuera una segunda piel, si apenas le llega a cubrir el trasero, marcándole las piernas y sus bien formados muslos. Se veía para el infarto, no lo voy a negar, sobre aquella escoba, con las piernas alrededor de ella. Y yo detrás, intentando atrapar la maldita snitch. ¡Mentira! Estoy más entretenido viendo como aquel short del color de cielo se pega a su, digamos, retaguardia formando algo parecido a un corazón invertido.

Debía hacer algo, la escusa de la caída era buena.

Y aquí estoy, encerrado en la habitación que comparto con Ron no queriendo bajar a la sala a tomar una cerveza de manteca, mi bebida favorita. Necesito estar solo y pensar en esta cosa imposible que me está pasando.

Es la hermana de Ron, es mi hermana.

¡Demonios!

Tres: ira.

¡No me puede pasar esto! No y no.

No me puede gustar Ginny Weasley, si es como mi hermana.

Y esa es el quid de la cuestión, es como mi hermana, pero no lo es. Está bien que nos criamos como si lo fuéramos. Pero no hay algo más que nos una. Yo ni siquiera llamo madre o padre a Molly y a Arthur, y no hablo de los hermanos Weasley como mis hermanos. Simplemente es la familia que me acogió y que me dio toda la felicidad del mundo.

¡Pero no!

Tengo ganas de gritar y patear y golpear a alguien realmente con ganas. Sería ideal que Malfoy estuviese a mi lado con sus miradas petulantes y sobradoras. Necesito descargarme y no se me ocurre mejor cosa que patear el baúl del colegio.

Con lágrimas en los ojos, y tomándome el pie con una mano me pregunto, ¿cada vez los hacen más duros? Mi pequeño dedo gordo del pie lo ha sufrido, ha descubierto por si mismo lo que significa algo realmente duro.

Ginny…

Ginny con su shortcito azul y el cabello al viento.

Creo que necesito una ducha bien helada, esto sí es estar duro.

Cuatro: pacto.

Bueno, creo que puedo soportarlo. No es algo que no haya vivido. No es la primera vez que la veo haciendo eso con un chico.

Puede que tenga razón Ron, tal vez ella se está pasando un poco. Que ni Arthur ni Molly estén en casa quiere decir que Ginny pueda hacer lo que se le cante. Es entendible que quiera traer a Dean Thomas, su novio, a casa. Él tiene todo el derecho a visitarla.

Pero tal vez, solo tal vez, se esté pasando un poco. Puedo entender que lo abrace con ganas luego de no haberlo visto por casi un mes, es comprensible que lo bese en los labios ya que es su novio, lo entiendo, me pongo en su lugar.

Sin embargo, como dice Ron (y sólo porque él lo dice), está un poco de más la mano de Dean en el trasero de Ginny, o las manos de ella por dentro de la camisa de él. Está bien que se besen, pero no que libren una lucha prehistórica con sus lenguas. Ni Ron y Hermione en sus días más efusivos están así.

En fin, ella es una persona muy ardiente, y comprendo que lo quiera tener solo para ella. Al igual que él, no todos los días se besa a Ginny Weasley mientras le tocas el trasero.

Si todavía estuviese con Cho, de seguro estaría haciendo lo mismo. Si simplemente no la hubiese dejado de mirar como la miraba antes. Su cabello y su piel eran muy bonitos. Pero bueno, no todo es color de rosa, y si Corner la hacía sentir más a gusto, no soy nadie para negarme, se había vuelto un poco pesada (bastante a decir verdad).

¿Corner también le habrá tocado el trasero a Ginny?

Que va…

Cinco: depresión.

Okay, no aguanto más. Podía aceptar los primeros minutos, pero esto ya es demasiado. ¿Por qué lo toca así a él y a mí apenas me besa la mejilla? No es necesario mezclar saliva como si sus bocas fueran una licuadora, creo que incluso es un poco asqueroso.

Como me gustaría ser Dean y poder tocar el rostro de Ginny, poder acostarme en sus piernas como él lo hace ahora y bromear con ella como él acostumbra.

¿Por qué no me sonríe a mi como lo hace con él? A mi simplemente me sonríe, si con él también lo hace, pero con él los ojos brillan diferentes que conmigo. En realidad siempre es diferente. Conmigo, he notado algunas veces, que se encienden como dos estrellas en la noche, tal vez se aclaran un poco y se vuelven aterciopelados. En muchas ocasiones me he planteado que esa mirada escondía algo más que un sentimiento fraternal. Pero siempre terminaba concluyendo que era imaginación mía.

A Dean no lo mira como me mira a mí, con él las mejillas se le ponen rosadas y los hoyuelos de su sonrisa se agrandan.

Quiero ser Dean, pero me doy cuenta que simplemente soy Harry Potter, el casi hermano de Ginny. ¿Han notado que dije casi? Eso es un progreso.

Bueno, mejor me voy a dormir, por suerte mañana llegan Molly y Arthur y esta desgraciada imagen ya no tendrá más lugar.

Ojalá pudiese dormir en su cuarto como él lo hace.

Seis: aceptación.

Vale, al fin lo he entendido. Me he pasado toda la noche en vela pensando en eso.

Ya sé lo que me pasa, y estoy seguro que para nada tiene que ver con celos de hermanos. Es lo mismo que sentía Ron cuando Hermione hablaba con Krum.

Celos.

Estoy celoso de Dean Thomas porque a Ginny la quiero, y no como una hermana, espero que eso quede claro.

A Ginny la quiero de una forma diferente, parecida a como quiero a Hermione pero más intenso. A Hermione la quiero y siempre voy a protegerla, pero no por eso voy a andar con ganas de besarla en cualquier parte. A Ginny también la quiero cuidar, pero en cambio, también la quiero besar y abrazar, dormirme a su lado. Quiero tener el derecho de acariciarla y tocarla, perderme en sus ojos y que sus sonrisas sean unicamente para mí, que me pertenezcan. Quiero ser yo el dueño de sus labios y solamente yo quiero poner las manos en su trasero.

¿Algún problema?

Le quiero tocar el trasero, y quiero besarla como jamás he besado a nadie. Quiero quitarle el aliento y que ella sea solo mía.

Bueno, creo que me he pasado. Pero si, he llegado a esta conclusión esta noche. No por nada mis estados de ánimo han acompañado esta idea que tanto me ha dado vueltas por la cabeza. Como diría Hermione, de la negación a la aceptación hay otras etapas, y creo que he pasado por ellas.

No es que lo vea bien, es más, no creo que ninguno de los Weasley se lo tome bien, hasta dudo de la misma Ginny. Pero es lo que siento, y si algo he aprendido viviendo con esta hermosa familia, es a no guardarme las cosas y compartirlas.

Obviamente lo hablaré con ella, la principal implicada. Pero dependiendo de lo que me diga ya veré como actuaré.

En fin, será mejor que intente dormir, si no terminaré ahuyentándola con mi cara, no quiero parecer una lechuza a la mañana siguente.

Un momento.

Aquel grito viene del cuarto de Ginny, ¡e incluso es la voz de Ginny!

Con mil demonios, ¿era necesario que mis piernas se enredaran y cayera de bruces al piso?

Maldición, si ese hijo de pu… de Dean le ha hecho algo, soy capaz de matarlo, torturándolo previamente.

Corro como si el Diablo tirara de mis piernas. Ginny está llorando (ella nunca llora), y él está casi desnudo, en el suelo, con una de las mejillas notablemente roja.

- ¿Qué ha pasado aquí?

- ¡Harry!- Ginny corre a mis brazos y yo la abrazo, miro a Dean de mala manera.

- ¿Qué te ha hecho?

- Yo no le hice nada, ¡si apenas me ha dejado tocarla!- si Ginny no me agarraba seguro que lo mataba.

- ¿Qué pasa?- preguntó Ron a mi espalda, con lo que vio le bastó, sumándose a los recién llegados gemelos que ni siquiera preguntaron, simplemente lo molieron a golpes, enviándolo por la Red Flú vaya uno a saber dónde.

Hermione está calmando a Ginny mientras yo le acaricio la cabeza.

- Quédate conmigo- me dice mientras pasa sus brazos por mi cuello. Puedo estar enojado, pero tampoco soy de hierro.

Pero lo acepto, estoy perdidamente enamorado de Ginny. Y no puedo hacer nada contra ello.

Siete: esperanza.

Ya ha pasado una semana de aquel día, por suerte ni Molly ni Arthur se enteraron, habría sido un escándalo. Y aparentemente Ginny lo ha olvidado, si hasta dijo que Dean era un idiota. Y para mi tortura mental se ha vuelto a poner ese pequeño short azul que apenas le cubre las nalgas.

¡Que Godric se apiade de mí!

Ron me ha dicho la noche anterior que se alegraba de que Ginny no estuviese más con Dean, por supuesto que le di la razón. Pero hubo algo extraño, estaba como dándome a entender que ella necesitaba de alguien diferente, que realmente la conociera, y en quien él confiaría completamente.

Luego me miró de una forma elocuente.

Era yo, ¿o me estoy imaginando cosas?

¿Qué yo sea el novio de Ginny?

Merlín sí que es misericordioso.

Pero esto no acaba aquí, hay más. Esta mañana Molly ha dicho en la mesa lo mucho que le gustaría que Ginny se pusiera de novia con alguien como yo.

¿Acaso los planetas se han alineado de una forma extraña?

Ahora es cuando más necesito a Trelawney, que me lea la mano o las hojitas del té. ¿Qué demonios está pasando?

Mejor me voy a volar, y vaya sorpresa, ella ya está volando, con el bendito short pegado a las piernas, y esa remera sin mangas que marca en demasía su pequeña cintura. Me sonrié de forma extraña y vuelve a lo suyo.

Cielo santo.

El aire logra despejar mis pensamientos, haciendo piruetas por aquí y por allí. Necesito un trago de agua, pero aún soy menor de edad para hacer magia, deberé ir hasta la cocina y servirme yo mismo.

Bajo en picada, no sin antes volver a dar otra vuelta en el aire, y toco con mis pies el firme suelo. Como siempre, camino despacio hacia el armario de escobas, aquel todo mugriento hecho de piedra y madera. Dejo mi más preciada posesión, regalo de mi adorado padrino, y me dispongo a entrar a la casa, cuando una calurosa presencia detrás mío se acerca, algo de más.

- Harry- me llama Ginny.

Yo la miro, ella me mira, noto como su rostro sudoroso se halla más hermoso de lo habitual, como sus cabellos encendidos se pegan a sus mejillas y como sus brazos desnudos son finos y fuertes.

- Necesito hablar contigo- me dice.

De improviso siento como ella me empuja hacia atrás, en aquel mugroso cuarto lleno de escobas y polvo, las pequeñas arañas, aquellas a las que tanto teme Ron, también habitan el lugar. No deben estar muy contentas.

Ginny se me pega más, puedo sentir sus manos de mariposa en mi brazo, y por Merlín, se está apoyando en mí.

- ¿Qué necesitas?- le pregunto con temor.

- Ya escuchaste a mi madre, no hay nada de malo.

- ¿Con qué cosa?

- Harry- me sonríe con esa mueca gatuna-. Tú no eres mi hermano.

Y gracias al cielo que no lo soy, porque sus labios saben condenadamente a pasión, y su cuerpo era mejor de lo que yo veía, porque ahora mis manos recorren cada curva con la que he soñado, cada parte con la que he ardido. Al fin tocó su trasero, uno bien firme y algo esponjoso, y ella también me toca, me aprieta por todos lados, en cada espacio. Su lengua se hace juguetona y su aroma me envuelve como en una fantasía.

Por suerte soy un Potter, nada de Weasley ni nada de cabello rojo ni narices con pecas. Simplemente soy Harry, el hijo de James y Lily, viviendo con una familia amiga, mi familia.

Y ella es Ginny, la hermana de mi mejor amigo, la chica que me gusta.

La chica a la que estoy besando.

Lo único que espero es poder correr los suficientemente rápido cuando nos descubran aquí dentro.

Merlín, pero que bien besa…

El Fénix Fawkes

Tal vez resulte un poco extraño, algo desmedido, al fin y al cabo siendo un animal nadie imaginaría que pudiese contar todo lo que he vivido. Tal vez resulte como un cuento, o una simple leyenda, pero mi historia comenzó un día cualquiera, un día sin nombre en donde el Sol, Astro Rey esplendoroso, me exilió de su centro, obligándome a servir a alguien grande, a alguien realmente importante a quien pueda ayudar.

Todos saben lo que es un Fénix, un ave mitológica de plumajes de varios colores, pasando por los rojos y naranjas a los amarillos y azules, con un pico duro y fuerte, y unas delicadas garras para posarse en el hombro de su amado amo sin dañarlo. Lo que pocos saben, es que somos algo más que un ave que vuela. Muchos ignoran de donde venimos, y hacia dónde vamos cuando renacemos; pero muy pocos conocen nuestra verdadera esencia, lo que implica nuestro nacimiento. Es una idiotez pensar que simplemente no somos un ave común y corriente, que tiene la particularidad de renacer entre las cenizas volviendo a vivir.

Pocos saben que nuestro nacimiento está destinado por los astros, cuando una de aquellas alineaciones planetarias nos imprime un importante nacimiento, el nacimiento de alguien importante, alguien que hará historia. Cierto día, en donde yo como un pequeño pichón me hallaba regodeándome del calor de mi iluminado padre, fui expulsado de su cobijo cayendo en la tierra como un inminente artilugio en medio de la noche.

Yo sabía que estaba destinado a alguien importante, pero no pude evitar ulular decepcionado cuando un hombre algo bajo y descuidado me tomo entre sus grandes manos. Aquel hombre me vio crecer y embellecerme, se encandiló con el brillo de mis plumas y los colores del Arco Iris que yo portaba. Había noches en las que me hablaba, otras tantas en las que solo me alimentaba y me acariciaba con cariño el pico. Yo sabía que él no estaba destinado a ser mi amo, pero no podía más que disfrutar de la cálida comodidad que me ofrecía junto a aquella calentita chimenea, lo más parecido a mi querido padre.

Sin embargo un día todo aquello cambió, una mañana, aquel amable hombre de ojos caídos y sonrisa afable tiró de mi delicada cola, hablando entre murmullos, guardando mis dos preciadas plumas en una pequeña bolsa. Todos saben que las aves somos algo rencorosas, odiamos los malos tratos, y más aun, el dolor en nuestra delicada piel, por lo que por primera vez en mi larga vida tomé la iniciativa. Ya era hora de buscar a mi verdadero amo en este mundo tan grande, era hora de llegar junto a esa persona con la que estaba destinada a estar, debía cumplir con el cometido de los de mi clase.

Con mucho esfuerzo aquella tarde de invierno pude colarme entre la puerta abierta de aquel negocio, encontrándome con una pequeña calle llena de gente a uno y otro lado. Podía sentir como mi viejo cuidador se había dado cuenta, por lo que intenté volar, algo en vano, al fin y al cabo nunca había practicado. Como un despropósito termine cayendo al suelo en un ensordecedor ruido.

- ¡Fawkes!- gritaba aquel hombre.

Sin embargo en ese recordado momento poco me importó, porque unas manos cálidas me habían tomado del suelo y me habían levantado. Y por primera vez lo sentí, aquello de lo que tantas veces me había hablado mi padre, de aquella familiar calidez e incipiente alegría que surgiría dentro de mi. Porque al fin había encontrado a mi amo, a mi verdadero amo.

- Albus- dijo mi antiguo cuidador-. Que suerte que has podido atraparlo.

- Parecía estar asustado, pobrecillo- con su dedo largo, mi verdadero amo acarició mi cuello, y agradecido me dediqué a picotear su mano.

- ¡Vaya lo que veo!- exclamó aquel hombre que me había alimentado-. ¡Es un Fénix Albus! Conmigo no se mostraba tan amigable, conoces la tradición, no debemos oponernos a la decisión de un fénix.

- Parece que la agrado ¿no?

- ¡Está encantado! Llévatelo, ya no tiene más nada que hacer conmigo.

Luego de aquel episodio todo dio un cambio radical en mi vida, aquel hombre de ojos celestes detrás de sus anteojos de medialuna, mi dueño, si era alguien grande, grandísimo. Se sabía que iba a ser el próximo director de Hogwarts, y hasta podía a llegar a ser Ministro de Magia, siempre y cuando le interesara.

Yo como su compañero he visto muchas cosas, he visto como el mal surgía a partir de alguien poco conocido llegado de un sombrío lugar muggle, he visto como este mal caía en manos de un pequeño niño. He vivido suficientes vidas para comprender cuál era mi cometido en este mundo, y he llorado una buena cantidad de veces por una causa justa.

Aquellas dos plumas de mi cola han servido para crear dos impresionantes varitas, una ha servido a aquella figura del mal a alzarse esplendorosa sobre todos nosotros, la otra nos trajo esperanzas, a mí y a mi propio dueño. Sin embargo no lamento aquello, aquellas dos plumas me han mostrado cosas maravillosas que dudo algún otro Fénix podría vivir.

Pero ahora todo es diferente, ya no tengo un amo a quien servir, y mi obra en este mundo se ha acabado. Sólo puedo llorar, hacer sonar esa triste canción intentando regalar un poco de calidez a aquellos corazones desconsolados, intentando mostrar lo que en verdad mi amo quería de verdad, recordarlo con una sonrisa.

Mi nombre es Fawkes, y he sido el Fénix de Albus Dumbledore, un gran mago como jamás existió. He nacido del sol y hacia el sol yo iré, como todos los Fénix que cayeron en este mundo. Así como nacemos, morimos, y ese es nuestro destino.

Aquel día, en aquella mañana limpia y agradable un destello rojo se estrelló contra el sol, una canción lastimera dio su última entonación, y la vida de Fawkes con un soplido se apagó.

Todo Fénix está destinado a alguien grande, y Fawkes así pudo serlo.

Como Perros y Lobos


Ser hombre lobo es combinar dos personalidades, es hacer una costura con hilos invisibles entre dos polos opuestos. Distinguido, inteligente y original; salvaje, indómito, peligroso y violento. Es unir en un mismo cuerpo dos naturalezas. Algunas veces el lobo ganaba en el interior y, otras veces, era el ser racional el que tomaba las riendas de su vida.

Muy pocas veces sus dos partes hacían las pases y vivían en armonía, ya que hablar de aquello era hablar de agua y aceite; de santidad y libertinaje. Algunas veces la batalla por cuál naturaleza debía gobernar era sangrienta y cruel; algunas veces la batalla era más que arañazos y caídas…era sangre pura corriendo por sus propias venas como un veneno enceguecedor.

Cuando Remus pensaba en Sirius no podía evitar pensar en sexo, libertinaje y lujuria. Ciertamente esa era su parte lobuna, se justificaba él. Podía ver los sensuales músculos de Sirius moviéndose desnudos cerca de él, y en aquellos momentos le era imposible no gruñir o gemir ahogadamente. Él quería rendirse a sus apetitos salvajes y simplemente olvidarse de que era humano en realidad: que era Remus.

Cuando Sirius se vestía por las mañanas, y como no, en frente de él, una gran batalla reinaba en su interior. Deseaba ir y besarle el torso, sentir el calor de éste en sus manos, hacerlo sudar y gemir bajo sus caricias, poder escudriñar el rostro de Sirius cuando sus manos tocasen su miembro. Él quería saberlo todo.

Temblaba cada mañana al sentir su miembro endureciéndose bajo las sábanas. Detestaba que, cuando Sirius se terminase de vestir, su lado racional y humano saliera a la luz. Se sonrojaba y cerraba los ojos, y en eso consistía toda su batalla.

Estaba claro que cada luna llena, la parte lobuna lograba salir, y podía aullarle a la luna cuanto tiempo fuese necesario. Podía aullarle a la luna y sentir la liberación de su propia sensualidad y libertinaje.

Cuando no era lobo, él intentaba comprender las contradicciones que había dentro de si mismo, pero no lograba nada, ni siquiera reventar su erección.

Pero aquel día comenzó diferente.

Sirius salió del baño desnudo y se encaminó de aquel modo a despertar a Remus. Su parte lobuna reía de gozo y aullaba imaginariamente ante tal vista, pero su parte racional decía que cerrase los ojos más fuertemente y dejase que Sirius terminase de despertarle.

Le vio caminar, siempre tan elegante y condenadamente despreocupado que le sacaba de quicio. Un gemido que intentó ahogar salió de u boca y cerró sus ojos, maldiciéndose por perderse la imagen de Sirius tan de cerca.

—Remus—murmuró Sirius mientras sacudía las tapas a un lado de la cama, con voz ronca.

Éste hizo como si Sirius no lo hubiese movido ni un centímetro y continuó haciéndose el dormido. Estaba tan quieto que parecía estar muerto.

—Lunático, despiértate, tengo que hablar contigo—murmuró ya más de cerca, casi tan cerca que podía sentir un escalofrío recorriéndole por completo.

Remus sintió cómo Sirius se subía a la cama y se ponía a horcajadas sobre él. Sintió a su miembro clamando por un poco de paz, pero aquello era imposible. Dejar de ser lobo cuando Sirius andaba cerca, le era imposible. Se puso tenso y tensó la boca. Cerró sus ojos a la fuerza.

—Remusín… —ronroneó en el oído de éste.

Remus abrió los ojos grandes, asustado por lo que podría llegar a hacer si Sirius seguía sentado de aquel modo. Sacó sus manos de debajo de la sábana y acunó el rostro de Sirius. Por medio de un sólo movimiento Remus salió de su cama y Sirius quedó debajo de él.

— ¿Qué sucede Canuto? —murmuró entre sueños, neblinas de deseo y otras cosas.

Acarició el labio de Sirius con su pulgar y salió de su neblina, un tanto azorado.

— Te he visto todas estas mañanas… —farfulló Sirius—mirándome entre el rabillo de tu ojo. Te he visto…y…

Pero la frase no terminó.

Remus, habilidoso gracias a que su parte lobuna le controlaba, unió su boca con la de Sirius. Su mano se posó en medio del torso caliente de Sirius, sintió cómo se tensaba bajo su tacto. Remus profundizó más aún el beso. Deslizó su lengua cálida, áspera y decidida por los labios de Sirius, hasta que éste abrió su boca y logró adentrarse en él.

Sus manos viajaron y se posaron suavemente, y casi reverencial, sobre el miembro de Sirius. Gemidos, mordiscos y jugarretas de un perro y un lobo; de animales salvajes dispuestos a darlo todo por la libertad, por el placer.

Luego de un rato, Remus se separo de Sirius. Sus labios estaban hinchados y en su torso tenía distintas mordeduras. No recordaba todo, claro que no.

—Yo sólo venía a decirte que… —comenzó diciendo Sirius.

Remus lo hizo callar.

—Lo siento, sabes lo difícil que es controlar a esta bestia salvaje que llevo dentro—murmuró Remus sintiendo cómo el hombre volvía a ganarle al lobo. La racionalidad no tardó en llegar y Remus se vio desnudo en frente de Sirius.

Se sonrojó.

—Te quiero—dijo Sirius con tranquilidad— ¿Podemos continuar besándonos? —preguntó con una sonrisita pícara, animalesca y varonil, como si no le estuviese pidiendo a otro hombre que se besara con él.

Remus sonrió. Era bueno besar como lobo, pero le era más gratificante besar como hombre. Se acercó a Sirius y se apegó a él.

El beso no tuvo término, tal cual las caricias tampoco terminaron jamás. Sólo que esta vez Remus Lupín fue quien pudo disfrutar del cuerpo de Sirius sobre el de él, y no aquel lobo salvaje y libertino.

El sabor del Tabaco.

Lo veo exhalar el humo del cigarro y frunzo la nariz. Nunca me ha gustado el olor del tabaco.
Giro la cabeza para inhalar aire limpio, pero siento como él, descaradamente, sopla el humo hacia mi cabello.

-¡Detente!-Gruño agitando mi melena. Él simplemente ríe burlón.

-Creí que las ratas como tú estaban acostumbradas a la pestilencia.-Contesta con ironía, arrastrando sus palabras.

-Imbécil.-Susurro con los ojos cerrados para poder disfrutar de la brisa. Tras de mí él simplemente produce un ruido que se confunde con una risa.

-El cigarro me relaja…-Dice de repente y escucho que con su pie aplasta lo que le queda de la colilla.- ¿Quieres?

Me giro lentamente y brinco cuando lo veo muy de cerca con una cajetilla colocada a un palmo de mi nariz.

-¡Aleja eso de mí!-Grito empujándole el brazo y tirando la cajetilla al suelo. Algunos cigarros ruedan por la fría piedra y él se enoja.

-¡Estúpida!- Grita. Y corre hacia la caja tomándola con ambas manos, casi como si fuera una joya invaluable. Yo levanto una ceja, suspicaz.

-Es curioso ver que alguien como tú se desviva por un vicio muggle.-Le digo con calma y casi viéndolo con lástima. Desde el suelo parece un crío, pequeño e indefenso al cual le han quitado su mantita; o un mago consumido por un terrible vicio que ni muerto podría revelarle a sus pares.

-¿Por qué no lo dices más fuerte?-Gruñe con un nuevo cigarrillo en la boca el cual intenta encender con su varita.

-Porque prometí no hacerlo. Nunca rompo una promesa.-Suspiro girando mi cabeza hacia el otro lado para despejar mis pulmones con el aire fresco.

-¿Y acaso yo he roto la mía?-Pregunta aún desde el suelo exhalando más humo. Lo observo disimuladamente y me veo obligada a cerrar los ojos con prisa. Aquella posición de desinterés, con la camisa fuera del pantalón, el cabello sin gomina, y las piernas colocadas despreocupadamente sobre el suelo me hacen verlo como jamás debería.-No me has contestado.

-No.-Digo secamente. Mi garganta duele ante el irritante aroma del tabaco que entra por mi nariz, pero también duele por el nudo que llevo amarrado en ella.

-¿De verdad no quieres?-Exhala nuevamente.- No sabes lo que te pierdes.

-Sí, lo sé.-Susurro con miedo.

-¿A qué le temes?

-El cigarrillo es malo para la salud.-Le digo sin mirarlo, intentando enfocar mis ojos aguados en las montañas que se pierden a lo lejos en la oscuridad.

-Abstenerse de las cosas buenas también es malo.-Vuelve a exhalar.

-Lo tuyo es un vicio.

-Y lo tuyo es cobardía…

Me giro molesta, enfadada y dolida. El nudo en mi garganta se deshace y mis ojos liberan el dolor que llevo acumulado. Él no sonríe, sólo me mira.

-¿Cómo puedes…?-Susurro con rabia.

-¿Vivir con la culpa? Sabes que me importa poco lo que le suceda a Weasley.

-Es mi amigo…-Lloro bajando la cabeza. No me gusta mostrarme débil ante él, pero la rabia y el dolor pueden más.

-¿Y yo?

Lo pregunta así, sin más. Abro lo ojos y descubro que una nueva colilla de cigarrillo yace en el suelo. Abro la boca y por ella entra el olor a tabaco, su olor a tabaco.

-¿Tú, qué?

Él se levanta del suelo. Se nota su altura ya que cubre la luna con su cabeza y me hace sombra.

-¿Qué soy yo para ti? –Me pregunta acercándose lentamente. En sus ojos veo el odio acumulado mezclado con un poco de desesperación. Sabe que lo que hace está mal.

-Un trato.-Contesto apartando la mirada.- ¡Un maldito trato!

-¿Sólo eso?

Siento que está muy cerca, el olor a tabaco que emanan sus labios me quema por dentro. Elevo los ojos y no me equivoco. Está muy cerca.

-Sí.- Vacilo. Él sonríe. Una sonrisa con olor a cigarrillo. Mi garganta se seca hasta provocarme dolor.

-Bien.-Acepta gruñendo sin moverse de su lugar, sabe que tengo razón.- Si quieres terminar el trato, ve y dile a Mcgonagall lo de mi vicio, y yo voy y le diré a Weasley el tuyo.

Abro mucho los ojos, espantada. Él sigue sonriendo.

-¿Subí hasta aquí para que rompieras tu trato?-Gruño molesta.

-Estoy seguro que no.-Sonríe sacando otro cigarrillo, gruño.-Eres prefecta Granger, basta con que me amonestes por mi comportamiento de esta noche y mi palabra no valdrá nada, ni siquiera para Weasley.

No abro la boca, intento no respirar. Aquel nuevo cigarrillo viene cargado con otro aroma. Un aroma… tentador.

-¿Para qué subiste entonces? Me pregunto.-Susurra él acercándose mucho más. El humo emanado de su boca penetra en mis fosas nasales como un extraño éxtasis. No le puedo contestar. No quiero hacerlo. No quiero reconocerlo. ¡No puedo!- Yo te diré por qué estás aquí…

Y antes de que mi cerebro pueda reproducir una respuesta coherente como todos los días, me veo pegada a unos fríos labios cuyo irresistible sabor se confunde con el de un tabaco ácido. Lamentablemente contesto, porque, aunque no quiera admitirlo, sí tengo un vicio. ¡Y vaya que sabe bien de su boca!

Mestizo


Desde El día que llegó a formar parte de nuestro selecto grupo supe que nunca llegaríamos a estar de acuerdo. No entendía porqué mi lord confió en él desde el principio, no entendía para qué darle tanta importancia a otro que no fuese yo; yo que había dado absolutamente todo por él.

Ese hediondo mestizo que se unió a la fila de mortifagos, cuyos ojos derrochaban desprecio y arrogancia, ocupó el puesto del cual hasta hacía poco tiempo yo alardeaba tener. Severus Snape.Desde el principio sentí que guardaba muchos más secretos de los que imaginábamos, supe que era una maloliente bazofia capaz de traicionarnos, supe que era un frágil maldito, que lo que quería era rodearse de poderosos como nosotros, los que teníamos al mundo mágico a nuestros pies.

Además, nadie le daba la misma importancia que yo al hecho de que era un asqueroso mestizo de mie****. No era lo mismo que mi lord, el cual derrochaba victoria en cada partícula de su ser. Pero él, lo veía como si fuese uno de sus favoritos…¡Basura!

Cuando llegó el momento de demostrar valor y lealtad a nuestro amo… ¡Allí estaba! La muestra de que no había estado equivocada. El asqueroso e inmundo se fue corriendo a resguardarse con el viejo maldito de Dumbledore, no esperó siquiera a estar seguro de la caída de nuestro señor. Y allí estaba yo, quien le había profesado mi admiración, mi adoración, mi amor….hasta el último momento. Con ganas de gritarle: ¡Se lo dije!

El roñoso mestizo lo había conducido a su miseria, y yo que tanto se lo había advertido…

Cuando mi gran Lord volvió, pensé con satisfacción en ver a los que huyeron, cómo iban a caer como moscas por haber dudado de su grandeza; pero no, allí estaban…sobre todo él…ese repugnante sangre sucia. Volvía a estar a su derecha, y yo tenía que ver cómo mi señor le volvía a conceder su confianza. ¡Maldito! ¡Maldito! ¡Maldito!

Pero yo no me dejaba engañar….no, no, no. Sabía que el muy maldito escondía algo, y algún día lo descubriría, y lo vería caer en miseria y me reiría de su desgracia. Pero que bien jugó, como bien era una asquerosa rata, supo esconder sus secretos en su agujero…

Hoy, siento que no puedo aguantar la alegría que mi pecho contiene, ¡Maldición, explotaré! Mi maestro acabó con él, al final la apestosa rata cayó. Y con esto, mi lord demostró el poco aprecio que tenía hacia él. Y yo que pensaba que era su favorito…¡Pues no! Al final sigo siendo yo… Ahora yo a su derecha, veo al fin llegar nuestra victoria. El Maldito Potter muerto y un nuevo mundo comenzará, viendo el gozo que le produce a mi amo, por fin estoy completa, ahora sólo seremos el nuevo mundo mágico libre de los inmundos sangre sucia, él y yo… Pero lo que más me sobreexcita es saber que por fin no tendré interponiéndose en el camino de mi maestro y yo a ningún Maldito Mestizo.

Lily

I

Lily Luna tiene exactamente dos horas de haber nacido. Ella aún no sabe que posee unos ojos marrones enormes y unas motas pelirrojas en su cabeza. Aún no se ha percatado de que cada persona que la ha visto ha exclamado “¡Es idéntica a Ginny!”, aún no esta conciente de la alegría que es para sus padres. Tampoco sabe que tiene dos hermanos que no se han querido despegar de ella. Que el menor de ellos no deja de acariciarle esa manita diminuta que le aferra el dedo y aún no escucha ese “¡Mira James, Lily me quiere mas a mi, porque me ha apretado el dedo!” que le exclama a su hermano mayor. No se da cuenta que James la observa como si fuera lo mas frágil del mundo y que no la ha tocado por miedo a romperla.

Pero si hay algo de lo que se da cuenta. De esas manos fuertes pero calidas que la acunan. De ese olor a colonia mezclado con esencias florales que traspasan su diminuta nariz y la hacen desear no despegarse de esa persona. Se fija al abrir los ojos, unas grandes luces verdes que la observan y si no tiene mucho sueño y abre sus propios ojos mucho mas grandes, puede observarlo sonreírle y esa pequeña arruga que se crea en los costados de los ojos verdes de su padre.

En ese momento Lily Luna esta conciente de que es su padre quien la abraza y espera continuar en sus brazos para siempre.

II

Harry nunca pensó que ser padre seria tan difícil. Y eso que ya lo había sido dos veces con anterioridad y era todo un desafío ser padre de James, así que no se preocupo lo bastante por el hijo que venia en camino, menos cuando se entero que seria una niña. Pero ahora dos años después del nacimiento de Lily, no sabe si esta tan seguro de eso. Apenas llega a la casa, siente como la pequeña pelirroja (una copa idéntica a su madre) se le pega a los pies y trata de hablar aunque las palabras se le mezclan y al final todo lo que sale de entre sus labios son unos trabalenguas que si el no fuera su padre no entendería.

Por lo que logra descifrar es que James le ha quemado el cabello a su muñeca favorita. Harry no puede hacer más que rodar los ojos y tomar a la pequeña entre sus brazos fuertes. Pero la verdad es que es Lily la que casi no pesa nada. Le sonríe y le desordena el cabello pelirrojo que cae en ondas hasta un poco mas arriba de sus hombros. La besa en la frente y se siente bendecido por tener tal familia. Mas aún cuando al subir las escaleras, encuentra a Ginny con las manos en las caderas y frente a ella a James con la mirada pegada en el suelo. Albus tratando de disimular la risa mientras espía el regaño de su hermano desde el pasillo. Un poco más allá descansa la muñeca con todo el pelo chamuscado.

Harry Potter se alegra de estar en casa.

III

No entiende porque sus hermanos no la quieren. No lo entendió dos años atrás cuando James se tuvo que ir a Hogwarts y no lo entiende ahora cuando Al tiene que hacerlo. Simplemente no le cabe en la cabeza, que ella amando tanto a sus hermanos (cosa que no se merecen por dejarla ahora sola) no la puedan llevar a Hogwarts ¿Qué tan difícil es meterla en su baúl? Ella es pequeña y delgada es mas que obvio que hasta estaría cómoda dentro del baúl de Albus. Se cruza de brazos mientras observa como su madre recorre toda la casa juntando las pertenencias de James, es que su hermano nunca ha sido realmente bueno para empacar. Y observa como su padre lee el profeta y luego le ayuda a amarrarse los zapatos a Albus.

¿Por qué nadie le presta atención? ¿Por qué nadie se fija que ella esta ahí con los brazos cruzados y con cara de amurrada?

Sonríe mentalmente cuando se cruza con la mirada verde de su padre. Pero no cambia la expresión. Lo observa bajar el profeta y que se acerca hasta ella, para desordenarle el cabello, una manía que siempre ha tenido y que ya la empieza a cansar. No quiere que su cabello luzca mal arreglado.

-Solo dos años Lily. Dos años.

¡Ja! Como si dos años pasaran tan rápidamente, piensa mientras se ve reflejada en los ojos verdes de su padre. En ocasiones desea tener sus mismos ojos, pero cuando observa a su madre, no puede sentirse más feliz de ser igual a ella.

-¿Por qué no puedo ir ahora?

Y aunque ya sabe la respuesta (porque ha hecho esa pregunta miles de veces) no puede evitar decirlo y tampoco puede evitar que sus grandes y expresivos ojos marrones se llenen de lagrimas, mientras su padre se agacha para quedar a su altura y mirarla con toda le ternura que un padre puede observar a su hija.

-Porque eres muy pequeña. Y porque…Porque aun te quedan dos años para ser una niña y pasarlos con tus padres. ¿No quieres ser algo así como hija única por dos años?

Su padre trata de hacerla entrar en razón, y ella piensa que no seria del todo desagradable estar solo con sus padres en la casa. Sin un James que le rompa las muñecas y sin un Albus que se ria de la mala pronunciación que tiene en mas de una oportunidad.

Mueve la cabeza en un gesto que puede ser tanto si como no. Ve a su papá lanzar una pequeña risa y luego escucharlo susurrarle al odio “Podemos tener un gato” Ahí es cuando Lily abre los ojos grandes y piensa que tal vez no es tan mala idea (Albus es alérgico a los gatos y ella los ama)

Le sonríe a su padre y le da un pequeño beso en la mejilla, antes de salir de la casa y subirse al automóvil muggle que los llevara a la estación. En el trayecto se ríe tanto con sus hermanos que al llegar a King Cross se olvida de los gatos, de ser hija única y lo único que desea es ir con ellos al castillo del que todos tanto hablan.

A veces Lily Potter quisiera tener once años.

IV

La casa nunca antes se había sentido tan sola. La primera vez que tuvo que despedir a James en la estación fue como si una parte de el se fuera con su hijo que con una sonrisa y mirada emocionada se despedía desde una de las ventanillas del tren escarlata. Pero luego cuando fue el turno de Albus, se sintió tenso y preocupado. Su hijo menor era un chico que en ocasiones podía ser demasiado tímido y se podía dejar intimidar fácilmente. Solo esperaba que James no lo hiciera peor. Claro que fue el colmo cuando tuvo que ir a despedir a Lily a la estación. Sus hijos habían crecido y el estaba viejo y melancólico extrañando las noches en que le contaba cuentos sobre basiliscos y pelirrojas en una cámara secreta a su pequeña que se acurrucaba contra el; producto del escalofrío que le producía la historia.

-Estaré bien papá.

Fue lo último que escucho decir a su hija que se inclino y lo beso en la mejilla. El solo pudo sonreír mientras la observaba despedirse de Ginny (quien contenía las lagrimas, estaba seguro de eso) para luego subirse al tren que se había llevado a todos sus hijos.

Nunca pensó que pudiera odiar tanto al expreso de Hogwarts.

V
-¡James Potter te voy a matar!

Lily da un tremendo portazo cerrando la puerta de su habitación. Tiene el cabello pelirrojo desordenado y si Harry la viera, se daría cuenta que es idéntica a la Ginny que encontró en el pasillo de su sexto curso besándose con Dean Thomas. Tiene quince años, la respiración entrecortada y un pergamino en su mano que su lechuza ha traído hace solo un segundo atrás.

-¿Qué pasa Lily?

Harry Potter, tiene un par de canas en el pelo. Quizás todas producto de regañar a James. Los mismos ojos verde sapo y los mismos anteojos. La misma mirada dulce hacia su hija y de pronto se da cuenta lo hermosa y grande que es.

-¿Dónde esta James Papá?

-Salio con Albus y Ted-Y Harry se percata que esta enfadada muy enfadada. La observa y escucha soltar un bufido y casi un gruñido por lo bajo mientras apresa y arruga el pergamino en su mano derecha. Harry no puede creer lo rápido que pasa el
tiempo.

-¿Qué ha hecho esta vez?-pregunta con un tono condescendiente y una pequeña sonrisa que se apodera de su rostro.

-Heather Hawkis me ha enviado una lechuza. Diciéndome que James le ha dicho a todo el sector masculino de Hogwarts que si se atreven a salir conmigo, les dará una
paliza tan descomunal que no podrán jugar Quidditch en un siglo. ¡James Potter dando una paliza! ¿Cómo lo hace papa? ¡¿Cómo lo hizo para que todos supieran eso cuando ya salio de Hogwarts?!

Harry deseo que Ginny fuera la que estuviera teniendo esa conversación con su hija. No estaba preparado para hablar de ella sobre citas y muchachos. Y nunca lo estaría, era su pequeña, su hija menor, claro que no estaría preparado para hablar de eso nunca.

-¿No crees que estas muy pequeña para salir con chicos?

-¡Tengo quince años papá!

-Quince años es muy poco, Lily.

-Mamá comenzó a salir contigo cuando tenía quince años. Seguro que para ti no era muy poco ¿no?

Diablos. Odiaba que también hubiera sacado el carácter y lo peor, el sarcasmo de Ginny. El recuerdo de esa tarde en la orilla del lago con su esposa le llego a la cabeza. No quería pensar que era lo que hacían los jóvenes ahora. Cerro los ojos y soltó un suspiro mientras Lily seguía enfrente a el mirándolo (más bien penetrándolo) con la mirada.

-Yo hablare con el.

-Eso no es suficiente.

-¿Qué quieres? ¿Que lo castigue? Tiene dieciocho años Lily. No puedo castigarlo.

-Pero… ¡Papá!

-Ni siquiera ya te castigo a ti, no puedo castigar a James. Le diré que se disculpe contigo y eso será lo máximo que puedo hacer.

Harry la observo mientras se acomodaba las gafas que se le habían resbalado por el puente de la nariz, mientras alzaba las cejas y observaba a su muy malhumorada hija que resoplaba en frente de el. ¿Dónde estaba Ginny cuando la necesitaba? Ah si…en el profeta.

-¡Papá! ¡Quiero tener citas y ser una adolescente normal! Y gracias al…imbecil de tu hijo no podré hacerlo. ¡No es justo!

Genial, lo único que le faltaba era que Lily se pusiera a hacer un berrinche ahí mismo. Recordaba la última vez que lo había hecho, dos meses atrás cuando James le cambio el cabello de color. Que tiempos aquellos…

-Eres muy pequeña Lily; te… ¡Te prohíbo que salgas con nadie!

-¡¿Qué?! ¡Hasta tú saliste con alguien a mi edad! Mamá me contó lo de Cho Chang… Aunque a ti no te salio muy bien ¿no?

Maldita Ginny traidora. Pensó el hombre carraspeando un poco y observando por la ventana como la nieva caía suavemente. Si, no le había salido nada bien lo de Cho. Pero no era lo mismo. No quería que su hija se anduviera besando con chicos debajo del muerdago en la sala de los menesteres.

-¡No fue mi culpa que saliera mal!-Harry no pudo reprimir el deseo de decir eso, así que después de ver como Lily frente a el lo observara como si estuviera loco, soltó un suspiro resignado. Por otra parte Lily sonrío mentalmente mientras bailaba la conga, sabia que su padre se había rendido-Le quitare el automóvil muggle a James por un mes ¿contenta?

Pocas veces le había visto una sonrisa tan radiante a Lily. Bufo divertido cuando esta se lanzo a sus brazos y lo beso sonoramente en la mejilla.

-Te quiero papá.

Fue lo ultimo que dijo su hija antes de darse la vuelta y encerrarse en su habitación. Seguramente a escribirle a Heather Hawkins contándole del castigo de su hermano mayor. Claro ahora el tenia que castigar a James…genial.

Pero Harry Potter no sabía que Lily en realidad no pensaba eso, sino que pensaba que tenía el mejor padre del mundo.

Y Lily no sabia que su padre pensaba que no podía tener una hija más hermosa y perfecta que Lily Luna Potter.

Sólo Ellos Saben

Eleva su brazo con lentitud, pero seguro de sí mismo. Aún está agitado después de una hora entera de agotador batallar, lanzando y esquivando hechizos. Lo tiene a sus pies, lo sabe, un simple hechizo puede terminar con ese duelo. Lo sabe, pero no consigue que sus labios pronuncien las palabras que darían final a todo, unas palabras que ya ha pronunciado tantas veces en su vida…

Casi puede palpar el silencio a su alrededor, un silencio absoluto, sombrío, todos contienen el aliento ante la certeza de estar a punto de presenciar la muerte de uno de los mejores magos de todos los tiempos.

Unos ojos azul celeste lo penetran, puede ver el brillo de súplica en ellos, pero sabe que no podrá hacerlo, y ahora se da cuenta de que siempre lo supo.

***

Albus Dumbledore desea con todas sus fuerzas que Gellert lo haga, que termine con esa agonía que lo embarga desde que supo que tarde o temprano tendría que enfrentarse a él en un duelo a muerte. Sabe que Gellert puede descifrar su mirada como nadie más, sabe que él ve la súplica en sus ojos, pero también sabe que no cederá ante ella, porque él tampoco lo haría.

Albus sabe que sólo hay dos opciones: o Gellert termina con esto o él se verá obligado a acabar con la vida de la persona que mejor lo entiende, que mejor lo lee, la persona que siempre ha considerado su alma gemela, y Albus tiene claro que opción prefiere, porque sabe que no tendría el valor de hacerlo.

Gellert Grindelwald baja su varita un ápice, y Albus sabe que las personas que los observan, están esperando que él aproveche la oportunidad para contraatacar. Lo hace. Con un rápido movimiento, ahora es Gellert quien está en el suelo y Albus tiene su varita a escasos centímetros de su pecho. Lo mira a los ojos, sabiendo que, no importa como todo eso termine, será la última vez que pueda admirar la perfección de sus facciones, la forma en que se muerde sus sonrosados labios cuando lo mira.

Lo contempla con mucho detenimiento, y siente pasar los minutos, pero ¿qué importaba, si estaba observando el rostro de un hombre tallado por los ángeles?

‘Hazlo de una vez’ ‘Acábalo’

Todo se escuchaba lejano, muy lejano, porque todo lo que importaba era que ahí estaba la persona a quien amaba. Se sorprendió al descubrir que era la primera vez que se lo admitía a sí mismo.

***

Grindelwald sólo escudriña los ojos de Albus. Ese azul cielo, que lo lleva a tantos lugares… porque para él ése es el paraíso, ése es el único lugar donde quiere estar. Se da un segundo para admirar el rostro de Albus, luce tan cambiado… Por eso se refugia en sus ojos, porque esos siempre estarán ahí, no importa cuanto Albus cambie, o intente cambiar, sus ojos siempre van a transmitirle las mismas sensaciones a Gellert. Lo mira una última vez, antes de dedicarle una sonrisa que él sabe, es de despedida. Estaba listo. Ve a Albus tomar aire, y bajar su varita sobre él lanzando el hechizo, pero en vez de ver un rayo verde, ve uno rojo y siente sus manos ser amordazadas con látigos de fuego a su espalda.

Sabe que puede desatarce con facilidad, un simple hechizo bastaría. Albus también lo sabe. Ellos inventaron ese hechizo, juntos, años atrás y por muy espectacular que se vea desde afuera, ellos saben que es muy sencillo de deshacer.

Gellert ve a Albus bajar los peldaños del pedestal donde hasta hace minutos se encontraban batallando, bajo la atónita mirada de todos los presentes. Lo ve dirigirse al estrado donde se encuentran el Ministro de Magia y el resto de los enviados del Ministerio. Lo ve gesticular y dar argumentos durante al menos media hora, siempre manteniendo la calma y la compostura. Ésa es una de las cosas que más le gustan de Albus: su habilidad para mantener la serenidad aún en las situaciones más complicadas.

Gellert sabe que ésa no es una sus cualidades y que ésa es sólo una de las muchas diferencias entre Albus y él. Finalmente el Ministro se pone de pie y anuncia a la sala: ‘El Ministerio de Magia ha decidido retirar el carácter concluyente de este duelo, y en cambio trasladar al condenado a la celda de máxima seguridad de Nurmengard, donde será custodiado por un total de 20 dementores. Se tomarán todas las medidas de seguridad que el Ministerio considere pertinentes.’

***
Albus sabe, le consta que Gellert hubiera preferido mil veces haber muerto esa noche a estar encerrado entre las cuatro paredes de esa celdapor el resto de su vida. Albus lo sabe, pero no puede hacerlo, no puede ser él quien ponga fin a su vida.

Ve como cinco aurores agarran a Gellert y lo llevan, a punta de varita, en dirección a la salida. Pasa por su lado y se detiene un momento, los guardias lo agarran con más fuerza, y Albus no puede evitar pensar en las magulladuras que quedarán en su hermosa piel, y en que él no estará allí para ayudarlo a sanar.

Albus no puede verle el rostro, está cubierto por su melena rubia. Escucha su voz en un susurro y él le musita una respuesta:

—Sabes que a pesar de todo yo…
—Sabes que yo también.

Y Albus casi, casi, puede imaginarse esa sonrisa de medio lado dibujada en su rostro. Y casi, casi puede recordar el sonido estruendoso de las carcajadas de Gellert cuando eran mucho más jóvenes, y el color exacto de sus ojos.

Son las mismas carcajadas que casi cincuenta años después escucha cuando es golpeado con un rayo verde en la Torre de Astronomía. Son los mismos ojos que recuerda mientras cae al vacío, muy despacio, porque aunque nunca pudo ser, sabe que se amaban.

En la Oscuridad

Todo comenzó como un juego, algo entre nosotros dos que poco a poco se fue saliendo de control, un fuego incapaz de extinguirse que nos consumia, dejandonos convertidos en cenizas. Quizás para él seguia siendo un juego pero para mí ya no lo era.

Él es mi obscesión, mi razón de existir, es por quien respiraba y me movia…era frustrante pensé mientras delizaba una mano entre los cortos mechones de mi pelo, no queria sentir lo que estaba sintiendo, no deberia anhelar sentir el roce de su piel cerca de la mia, sus manos recorriendo mi espalda, su boca rozando… no, ¡ya basta!, era suficiente.

Miré los papeles que estaban encima de mi escritorio con aprensión y luego el reloj de pared que marcaba las diez en punto. Aún era temprano, pensé mientras mi mente no dejaba de dar vueltas recordandome que él estaría aquí esta noche.

Con un suspiro recogí los papeles y me puse de pie, demasiado ansioso para permanecer sentado. Unos golpes provenientes de la puerta principal anunciaron su llegada, con aparente calma caminé hacia el rellano y abrí la puerta.

Ahí estaba él, con el pelo rubio alborotado por el viento, la capa de viaje polvorienta y líneas de cansancio profundas en su rostro. Había partido en un viaje en busca de las Reliquias que le tomo más de lo previsto, pero había vuelto a mí, con sus ojos lujuriosos, sus apetecibles labios, su calida piel. Me emborracho su fragancia en el momento en que cruzo por la puerta y paso a mí lado.

Nuestras miradas se cruzaron por un momento intenso antes de que él entrara y depositará sus chaqueta en el armario, despacio se dio la vuelta y nuestros rostros quedaron frente a frente como desde hacia meses soñaba con estar con él, lentamente deslize mi mano por la suave curvatura de su mejilla, queria creer que el sentia lo mismo que yo, que me amaba igual, que me deseaba con la misma intensidad que yo a él… y por esta noche lo creería… aunque fuera una mentira.

No le permití ni hablar, quería saciar este deseo que me consumia, que pedia cada vez más, pude sentir sus labios rozando los mios, tentandome… incitandome… provocandome… deslizando suavemente su lengua por mí labio inferior antes de introducirla lentamente en mi boca, ya no era un sueño, era la realidad, era su aliento y el mio mezclandose cautivando nuestros sentidos hasta sentir una explosion de luces luminosas detrás de mis parpados cerrados, la suavidad de sus labios fundiendose con los mios y el empuje aterciopelado de su lengua, era increible, un extasis total.

Sus manos deslizandose por mi cuello hasta perderse dentro de mi cabello, sujetando mi cabeza con fuerza lo que me obligaba a ladearla para darle mejor acceso a mi boca, gemí quedamente al sentir la presión, el aroma de su pelo, su sabor, la sensación de su cuerpo pegado al mío me enloquecio mientras sentía como la sangre se volvía cada vez más espesa dentro de mis venas haciendome perder mis invicciones correspondiendo a su boca con la misma pasión y fiereza.

Caminamos aún besandonos hacia la habitación, lugar de tantos encuentros… solte un quejido cuando sentí que mi ropa desaparecia bajo sus impacientes manos, era sublime un extasis total, sus manos recorriendo mi cuerpo con firmeza, la mias enredadas en su cintura y apretandolo hacia mí con la fuerza de la pasión. Ya ninguna barrera nos separaba, sus musculos se tensaban sobre los mios mientras me recostaba en la cama acariciandonos como si no hubiera un mañana, no queria pensar… solo sentir… gemir… y gritar cuando la pasión me desborde.

Sus labios estaban por todas partes, sus dientes mordisqueaban, sus manos no se estaban quietas en un mismo lugar, era delirante, yo le devolvia cada caricia con creces, estabamos en una lucha ciega, en un entrega total, las sensaciones se sucedian cada vez con más intensidad en una escalada de placer deslumbrante y enloquecedor… y de pronto… todo fue luces y colores, la esencia, el rayo y el letargo, en ese momento final todo sentimiento mortal quedo aplacado por sus ojos, que me acariciaban como un rayo de sol, sus manos suaves y firmes que me aferraban como si no hubiese un mañana.

Lentamente su cuerpo desnudo rodó en la cama hasta quedar frente al mio en un abrazo de amantes que se conocen por largo tiempo. Mis dedos se delizaban por su pecho mientras nuestra respiración se calmaba. Era increible como cuando estabamos juntos la electricidad aumentaba hasta el punto en que explotaba en una tormenta imparable.

-¿Sabes porque lo hacemos verdad?-me preguntó mirandome con intensidad-es por un bien mayor, nuestra raza debe ser limpia de aquellos que no merecen pertenecer en él. Y nosotros con nuestro poder podemos dominar a los muggles y solucionar el problema de raiz.

Pensé en lo que habiamos estado haciendo estos ultimos meses y miré a Gellert, ambos eramos considerados brillantes y emprendedores con un futuro magnifico en nuestro mundo, pero ambos anhelabamos mas, anhelabamos poder, anhelabamos la gloria.

-Todo es por el bien mayor-al decirlo pude sentir una punzada de remordimiento pero la deseche inmediatamente, era nuestra meta, eramos jovenes y poderosos con el mundo a nuestros pies-debemos seguir con la busqueda, y enfocar nuestros esfuerzos en reclutar a quienes apoyen nuestras creencias y al mismo tiempo cambiar de mentalidad a los que no nos apoyen.

-Eso era lo que quería escuchar-respondió con una sonrisa mientras cerraba sus ojos.

Puede que el no sintiera lo mismo que yo sentía por él, pero ambos estabamos unidos por nuestros deseos, él conocía mis secretos más ocultos, yo creía conocer los suyos, aunque sabía que no era así albergaba la esperanza de que algún día los compartiera conmigo, que nuestros corazones latieran al unisimo en reflejo de nuestras almas. Por ahora solo la lujuria y el deseo de poder nos unia.

Su respiración se volvío más pausada mientras las telarañas del sueño lo atrapaban, mientras acariciaba su pelo lentamente, me sentí caer en la bruma, en un pozo de oscuridad y letargo. Estabamos juntos y eso era lo que importaba.

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